Abimael Ortiz
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mayo de 2025

De la Respuesta al Gesto: El Retorno al Centro

Veintitrés años después de dejar vacía una silla en la graduación, un regreso al centro y a la libertad de crear.

En el año 2002, mi silla quedó vacía en la exposición de graduandos de la Escuela de Artes Plásticas de San Juan. No asistí a mi graduación. En aquel entonces, mi tesina se titulaba, con una ironía que solo el tiempo me ha permitido entender, “Respuestas”. Aquel joven que leía febrilmente a Erich Fromm estaba, en realidad, pidiendo ayuda. Estaba atrapado en una crisis de identidad y una depresión que aún no tenía nombre, tratando de entender una sociedad que me resultaba ajena, mientras mi propio mundo interno se fragmentaba.

Lo que siguió no fue el inicio de una carrera artística, sino un largo silencio de veintitrés años. Un exilio en el asfalto. Durante quince años, habité el mundo de la industria de seguros, cumpliendo con las demandas de una realidad material que no me llenaba. Me convertí en una de esas “figuras solitarias” que hoy pinto: alguien que transita por estructuras ajenas, sintiéndose enajenado, con un impulso creativo que latía con fuerza pero que, al intentar manifestarse, solo producía frustración, indecisión y dolor.

Sin embargo, la vida tiene una manera cruda y fascinante de enseñarnos a ver. Mi visión del mundo no se forjó en los libros, sino en la observación directa de la fragilidad humana. Ser padre de una hija con el síndrome de Phelan-McDermid, acompañar a mi padre en su depresión severa y hoy ser testigo de cómo la memoria de mi madre se desvanece ante el Alzheimer, han sido mis verdaderos marcos de referencia. He entendido que la experiencia humana está vinculada irrevocablemente a nuestra salud mental. La realidad no es una sola; es una construcción subjetiva determinada por nuestra arquitectura cognitiva.

En el año 2012, mi propio diagnóstico de TDAH fue la llave que comenzó a abrir mi cárcel mental. Comprendí que mi lucha no era un defecto, sino el resultado de un pensamiento divergente que necesitaba su propio orden. La fotografía comercial, trabajada codo a codo con mi esposa, me dio la disciplina técnica y la confianza para entender que la perfección no es un muro, sino un proceso de entrega y continuidad.

Hoy, a mis 47 años, he vuelto al centro. Al rescatar mis escritos de 2002, no encontré un fracaso, sino una semilla que necesitaba décadas de dolor, conocimiento y experiencia para germinar. Mi propuesta actual, “La Dicotomía del Ser”, es mi tesis definitiva. Es la síntesis entre el orden que buscamos y el caos que habitamos.

En mi taller, por primera vez en mi vida, estoy experimentando la verdadera libertad. He dejado de lado la tiranía de la expectativa. He pasado del rigor de lo figurativo a la catarsis del dibujo expresionista, buscando ese punto medio donde el gesto y la intención se encuentran. Ya no busco “respuestas” externas; estoy sub-creando mi propio sentido.

Este regreso es mi legado. Es mi huella en el mundo y mi manera de decirle a quien se sienta atrapado en su propia lucha mental o en una vida enajenada, que existe una perspectiva diferente. Que es posible organizar el caos. Que, a pesar de nuestra finitud y de los límites de nuestra mente, el acto de crear es el único espacio donde podemos ser, finalmente, libres.